Nací en silencio,
con pantallas elevándose y cubriendo la linfa,
crecí entre paredes de eternos ladrillos
con muecas de indignación y vacío.
Anduve por senderos desviados, caminos de tierra,
sonroje crucifijos con mi pasar inadecuado.
Me llevaron, estos viajes, a despreciar mi carne,
sentirme indigna de la piel y del fuego que arremeten en la
garganta.
Corte, hundí, desgarre,
y decidí esperar el tiempo de cosecha.
Los frutos, dentro, trajeron melodías nuevas.
Oscuras, si, pero carne de mi carne.
Y no más silencio, no más indignación,
tan sólo un hueco.
No necesito tomar más pastillas,
ya no queda nada.
Luego,
esto,
el placer de hablar por otras voces,
la gente y su vida frente a mí,
inmóvil.
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