I





Nací en silencio,
con pantallas elevándose y cubriendo la linfa,
crecí entre paredes de eternos ladrillos
con muecas de indignación y vacío.
Anduve por senderos desviados, caminos de tierra,
sonroje crucifijos con mi pasar inadecuado.
Me llevaron, estos viajes, a despreciar mi carne,
sentirme indigna de la piel y del fuego que arremeten en la garganta.
Corte, hundí, desgarre,
y decidí esperar el tiempo de cosecha.
Los frutos, dentro, trajeron melodías nuevas.
Oscuras, si, pero carne de mi carne.
Y no más silencio, no más indignación,
tan sólo un hueco.
No necesito tomar más pastillas,
ya no queda nada.

Luego,
esto,
el placer de hablar por otras voces,
la gente y su vida frente a mí,
inmóvil.

II





No entiendo de causas ni placeres ni dolores.

Los eternos sueños de un bosque y mil primaveras
y de una calida brisa pincelando mi espalda
dejaron este pozo en mi vientre y mi pecho.

No hay nada adentro.

En mi piel,
la triste espera
de aquel que solo puede apreciar lo bello
una vez que lo destruye por completo.
Entre tus pies, la idea de que el tiempo todo lo cura.

Ahora puedo aprovechar los restos,
cortar mi piel para inventar colores adentro,
quebrarme las piernas para permanecer en un lugar,
sacarme los ojos para ver cómo me acurrucas en tu pecho.

Solo me queda entregarme a las profundidades
e ir pudriéndome aún más rápido,
o aclarar mi vista
y tratar de vivir bajo una luz más bondadosa,
tan solo yacer, y esperar.